La Cumbre y el Cristo

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La Cumbre y el Cristo

“En el lugar hay espacio. Entre los seres, entre las casas, entre el horizonte y el cielo, entre los sonidos. En las noches, el cielo es tan negro y tan lleno de estrellas, que los números pierden todo sentido. En los días, el cielo es tan celeste y tan profundo, que las palabras pierden todo sentido. Hay lugares que uno no concibe que no hayan sido iguales desde el principio de los tiempos.”

Parece increíble, cuando uno escucha que hace 900 millones de años, en la era precámbrica, este lugar no existía. Dicen que era un inmenso mar. Los vientos, las lluvias, los distintos plegamientos y movimientos de la tierra viva, conformaron este fascinante Valle de Punilla, flanqueado por las Sierras Chicas, que lo protegen del viento y las lluvias que llegan desde el Este. También se dice que hubo glyptodontes y nacrauquenias.

Cuenta la historia que estas tierras estuvieron habitadas por los Comechingones. Que eran agricultores, cazadores y recolectores. Que vivían en socavones o cuevas subterráneas. Cuentan que molían el grano en morteros tallados en las rocas y que eran pacíficos.Eran los aborígenes con barba.

Cuentan que a partir de 1570 dejaron los valles para ir a vivir a las pampas, para poder ver cuando los venían a atacar. Los documentos históricos revelan que en 1585 estas tierras empezaron a tener dueño, cuando se instituyó la Merced de Jaimes, otorgada por el teniente gobernador de Córdoba, Juan de Burgos, al capitán Bartolomé de Jaimes.

El Cristo y La CruzLa imagen del Cristo vivo mira de frente al valle de los comechingones. A los pies del Cristo, los árboles centenarios, las casas bajas con hermosos jardines, la amabilidad de los pobladores. A los pies del Cristo, la parroquia de San Roque, la más antigua de la zona, que fue contruída por el 1800 y que aún conserva la imagen del santo de vestir que venera a San Roque. "El primitivo culto a San Roque se le rendía en su propia capilla, existente allá por el siglo XVII, de la cual hoy solo se pueden descubrir las ruinas", cuenta Miguel Tassano, en el libro Revelaciones Históricas del Valle de Punilla. A los pies del Cristo, llegan miles de fieles todos los años a orar, a dar muestras de agradecimiento o para contar a sus niños la historia de Jesús. Otros llegan para observar la impactante escultura de más de siete metros, realizada en el mismo sitio por un escultor cordobés llamado Ramacciotti. Algunos llegan para deleitar sus ojos con el paisaje.

El Cristo es un adoratorio y un maravilloso mirador de La Cumbre, que tomó su nombre cuando los ingleses construían tramo de ferrocarril que unió durante muchos años Cosquín con Cruz del Eje.

La Cumbre era la estación más alta del trazado ferroviario, ubicada a 1.141 metros sobre el nivel del mar. Un trazado de ferrocarril se realizó para hacer llegar el producto de lo explotado en las canteras de granito, mármoles, oro y plata, hasta Buenos Aires. Muchas de las fantásticas piedras pulidas que se ven en los grandes edificios de Buenos Aires y, seguramente del Reino Unido, provienen de estas sierras que los comechingones llamaban La Viarapa.

Acceso al Cristo RedentorPara ascender hasta el Cristo gente de todas las edades realiza una caminata, por una desgastada e irregular escalera tallada en la piedra de la misma sierra. Un ascenso de unos 40 minutos, que es realizado todos los días por cientos de personas durante la temporada, pero que adquiere dimensiones impactantes durante Semana Santa, ya que miles de personas llegan desde todo país, para participar en el Vía Crucis. "Ese día, en el pueblo no queda nadie", nos cuenta ..., un orfebre que hace quince años vende imágenes religiosas a los pies del Cristo. También comenta que "A mi me emociona una señora muy viejita, que desde que yo estoy, viene todos los años y realiza el Vía Crucis descalza. Va con su rosario en la mano, rezando en cada una de las estaciones. Cada vez está más viejita y cada vez tarda más tiempo. Es muy emocionante verla".

Aidé hace muchos años que no venía, y siempre decía que cuando "volviera por Córdoba" iba a volver al Cristo. "Yo soy muy creyente, nos dice, espero todo de Dios: le pedí que mejore nuestro país para los futuros habitantes y para que todo esté un poco mejor, no tan mal como ahora". Alejandra y Eduardo son una pareja que subió porque a ella le "tira mucho Cristo". Estuvo cuando tenía 12 años y ahora, ya convertida en catequista, nos dice: "Para mí Cristo es lo más grande del universo. Es el primer amor y después viene todo lo demás -mientras señala sonriente a su marido-, por añadidura". Un grupo de chicas que baja dice que el paseo "es cansador pero vale la pena". Algunos prefirieron no subir para no cansarse. Y el paseo es cansador si uno pierde el aliento subiendo más rápido que lo que su estado atlético lo permite. Porque varios puntos del recorrido son dignos para detenerse y observar los distintos panoramas de la ladera de La Viarapa, que insinúan la extraordinaria vista que uno encontrará cuando llegue al Cristo.

En el ascenso hasta el Cristo uno puede ver cómo va cambiando la vegetación según la altura, ya que uno comienza el recorrido rodeado de un espeso monte, donde se destacan coloridas flores silvestres, hasta llegar a la cima donde la vegetación es baja, espinosa, aislada y rala.

La flora de la zona está constituida por algarrobos, quebrachos, talas y mistoles. Hay espinillos, chañar, moradillos y jarillas. Hay cocos y manzanas de campo. Romero y tomillo. En lo más alto, dominan los pastizales de altura. A los pies del Cristo viven liebres, vizcachas, cuises, comadrejas y zorros. En los cristalinos y frescos ríos hay truchas, carpas y pejerreyes. Los aires están habitados por buitres (cóndor, congo y jote), halcones (halcón, gavilán, carancho y chimango) y lechuzas (búho, lechuza, lechuzita de las vizcacheras y caburéso rey de los pájaros). También abundan los loros (barranqueros, manzaneros y la catita). Hay jilgueros, cardenales, benteveos, colibríes y tijeretas. Muchos tipos de reptiles -incluídas serpientes ponzoñosas como la cascabel, la yarará y la coral- son algunas de las innumerables especies que componen la flora y la fauna en el Valle de Punilla.

Vista desde El Cristo"A mí la naturaleza y los paisajes me inspiran mucho más que el Cristo, nos dice Mariela. El Cristo es una imagen, pero la naturaleza es inspirante, es relajante y uno puede reflexionar muchas cosas". La capilla, el convento, la escuela y el Cristo, están bajo la tutela de la orden de los franciscanos. "Este es el único lugar a donde vienen todos los turistas que pasan por LaCumbre", cuenta Luigi, que los últimos dieciocho veranos los pasó a los pies del Cristo, a cargo del bar donde los sanguches de salame o jamón serrano y queso, son altamente recomendables. "En este país bendito, reflexiona Luigi, el que sabe sabe y el que no sabe es jefe", mientras se queja del desinterés municipal por mantener El Cristo. "Acá el que trabaja come, el que no trabaja come y chupa", concluye. Luigi comenta que este es el país del revés: "como me pasó con el Rodrigazo, yo tenía una montaña de guita que no tenía que trabajar más en la vida. Ni yo ni mis hijos. Y resulta que el que estaba ahorcado, que no pagaba a nadie, que estaba endeudado hasta la cabeza... se fue para arriba". Luigi también comenta que todos los que pasan por La Cumbre vienen al Cristo, "porque se mejoró la mujer, o porque las cosas le van bien. Y yo tengo que decir lo mismo, que a mí me ha hecho bien, porque hace 18 años que me está dando una mano".

"Yo llegué por fe. Para mí Cristo significa todo", nos cuenta Alejandro, un sonriente cardíaco que "sabía que iba a tener fuerzas para llegar". Y claro, uno lo ve bajando, y comprueba que la fe lo ayudó a llegar. Otros chicos rosarinos que bajan, nada les importa la fe, ni Cristo, ni el Vía Crucis, sólo les importaba acompañar a dos chicas que tenían algún personal motivo religioso. Quizás su falta de fe los haga terminar jurando amor eterno frente a un altar. Brian, de 4 años dice que le gustó subir pero que más le gustó bajar, que a Cristo no tenía que pedirle nada, porque no sabe quién es. Y se ríe cuando le comentan que es el hijo de Dios. ¿Y por qué lo pusieron así de grande?, preguntó. Para que se vea de todos lados, le contestaron. Unos metros atrás, un guía de turismo sube resoplando aunque de buen humor porque tiene fe que en el mirador va a encontrar a dos turistas que se le perdieron.

Las bondades del clima, las maravillas de la naturaleza y el vigorizante aire de la zona, hicieron que la noticia de un lugar extraordinario para descansar o recrearse, se esparciera entre las personas de la comunidad británica y la aristocracia porteña. Pereira Iraola, Kavanagh, Aráoz Alfaro, Ramos Mejía, fueron algunos de los apellidos portados por quienes visitaron La Cumbre en aquellos años. Hoy, del paso del tren queda el rastro de una hermosa estación que se convirtió en dependencia municipal. Las canteras dejaron de ser productivas, pasó la fiebre del oro y la actividad mercantil cedió de nuevo paso a la belleza. Cuentan que solamente los Tulián resistieron el paso del tiempo manteniendo la sangre aborigen original. Cuentan que a veces se junta la Tulianada y llegan a ser más de cien. Del idioma autóctono solo sobrevive un puñado de palabras. Su cultura fue exterminada.

Al atardecer, en el Cristo, la magia toma impulso. El horizonte se enciende con el sol, el Cristo se enciende con el sol. El sol lo impregna y lo penetra todo, con las indescriptibles gamas de colores que solo pude brindar el astro rey. Hasta las aves y los insectos parecen no querer respirar mientras dura el espectáculo. Son minutos, quizás segundos, de una cualidad mágica que corta el aliento. Uno, mientras baja despacio para no perder el equilibrio, piensa en la palabra religión y piensa en re ligar, re unir, volver a unir lo que se ha separado. El silencio del atardecer le dio lugar a la algarabía de la noche nueva, los habitantes del día ya cantaron su hasta mañana y amanecen los cantos de los habitantes de la noche.

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