Los Poemas de Ongamira

Lugares de Punilla

Julio Requena

Presentación del libro: "Los Poemas de Ongamira"

Desde hace 130 millones de años el valle de Ongamira permanece ahí, espléndido.

Sus encantadoras sierras rojizas de 1575 metros de altura, las montañas "más tristes de la tierra" según Neruda, moldeadas con libertad por los vientos y la lluvia, emergen al norte de las sierras Chicas, a 110 kilómetros de la ciudad de Córdoba, como una orquesta silenciosa de piedra y cielo.

Testigo de los avatares del período cretáceo, supo de los secretos del hombre primitivo.

Registró en silencio el furor guerrero, tanto del indígena, millonario señor de las tierras abiertas, como del colonizador minero, hispano ávido de las riquezas encofradas.

El barranco observó con atención las carretas, mulas y sueños que aportaron los inmigrantes refundadores y cobijó a sus descendientes, como también a visitantes y allegados.

En 1940 se iniciaron en sus grutas las primeras excavaciones arqueológicas para oficializar algunos de sus misterios a través de restos culturales y humanos rescatados por la observación científica.

Mas que un valle diseñado por la Naturaleza, descrito por los geólogos como un compuesto de areniscas triásicas cementadas en formas esculturales, Ongamira pareciera ser un paisaje creado por la energía poética.

Pintado su suelo con algn durable pigmento rojizo para cerámica, desde el lado del camino se yerguen las moles casi artesanales, y aun se presienten los rostros invisibles de los indígenas que las habitaron junto al gran espíritu tutelar.

No importa, entonces, que hayan sido los comechingones barbados, o los anteriores cazadores de cráneos alargados, ni tampoco que los conquistadores españoles tuvieran que abandonar estas tierras acosados por la beligerancia de los nativos. La historia pertenece al tiempo. y por eso no es mas que un breve relato episódico convertido pronto en leyenda. Lo que importa, porque queda insuflada de vida como el pan recién sacado del horno de barro de algn lugareño, o la aparición del arco iris detrás de las grutas ahí escondidas, es la inmortalidad paisajística de la belleza. En depurado lenguaje del corazón, es el reencantamiento que han experimentado todos los ojos admiradores de Ongamira recorriendo su dimensión lírica atemporal.

Este paisaje primitivo, que ha desafiado a los mismos pintores a capturarlo en sus caballetes demasiado civilizados, sólo se deja meditar por una actitud mística de olvido personal y real abnegación.

El misticismo paisajístico no es una fuga de la realidad en dirección a lo divino. Se trata de una reafirmación de los secretos poderes del silencio propio que se abre a la comprensión de la totalidad, como de la corola emerge la abeja polinizadora. La fusión hombre paisaje es el consejo que da la sabiduría perenne ante la veloz impermanencia de las cosas.

Solo en la comunión interactiva con la Naturaleza es posible vivenciar lo sagrado, no como una fábula inventada por la imaginación posesiva, sino como un despojamiento de toda ambición de ganancia. Pero acceder a la sacralidad no es un logro del deseo, y ni siquiera un merecimiento de la voluntad, porque ambos conllevan el estigma de la especulación.

Quedarse solo, enteramente, frente al paisaje natural, y dejar que de el brote espontáneamente la desnudez del silencio inmemorial, es percibir la unidad interior de que uno es el otro, y la necesidad de asumir la suprema verdad del instante eterno.

Estuve en Ongamira en 1966, hace ya 38 anos, en un verano lleno de luz ventosa e hiperfisica que me limpio el alma con sus cortaderas, la pajiza planta ciperácea tan parecida a un plumero.

¿Estuve? Es indudable. Lo atestiguan estos poemas psicológicos del autoconocimiento que ese mismo ano compuse y publique. Pero, cada vez que regreso al silencio ongamirense, pienso si estar ahí es presenciar lo ya vivido como realidad, o si, misteriosamente, otra Ongamira me vuelve a convocar en lo poético para incitarme a seguir conociéndome desde un nuevo silencio ignorado.

He respetado la reedición de este poemario tal cual lo concebí originalmente. Cuando uno se relee como autor, la extrañeza quisiera modificar algo. Pero no me he dejado tentar.

También quisiera volver a dedicárselo a Juan Carlos Asís, hermano y compañero sin el cual seria muy difícil referirme a mi propia vida, tan ligada a la suya por anos y anos de diálogos fecundos. Coincido con el cuando escribe: "En cierto sentido, el que se conoce a si mismo podría ser llamado un ecólogo espiritual, que incluye no solo la naturaleza sino también la otra contaminación de la cual no se habla" ("La vida, manantial inagotable").
Estos poemas quizá sean un intento por confirmar esa "ecología espiritual".

Extiendo la dedicatoria a Pia Ivancich, una mujer bella, sensible y sonadora, que ha plantado allí árboles frutales, se deleita con el matinal arrullo celeste de la paloma, y se ha vuelto una sacerdotisa del paisaje nada mas que por rendirle veneración.

Julio Requena

Ongamira:

Los Poemas de Ongamira por Julio Requena (Tapa del Libro) Anfiteatro
de las rocas dormidas
Vine aquí a meditar
y resolver palabras.
Palabras que los ecos
de tus montes tatuaron.

¡Pruebas del tiempo!
¡Pruebas del hoy
y del mañana!

Y hallé que todo está bien hecho.
Y una tnica
de mariposas rítmicas me escoltó las espaldas.

Desde tu valle intenso
maduré en las estrellas.
Pasé la prueba máxima: caminé sin distancias.

Caminé por las brasas rojizas de tu tierra.

Ongamira:
hallé bueno tus terrones de brasas.

Y en tu décima luna
las pencas decidieron
que volviera al asfalto
con las manos curadas...

Siesta:

piel de damasco transparente y dorado.
Cielo que esta tostándose,
sobre las rocas crudas.

Hacha de piedra inmensa del tiempo entre los árboles.
Inmemorial reposo del insecto y la pluma.

La frente es un diamante que pulen los zumbidos.
El olor del ligustro desata las preguntas.

Que es el hombre de espaldas a los conocimientos.
La inocencia no es mas que la frente desnuda.

Frotar ideas contra las piedras, hasta verlas
encenderse en libélulas de vibraciones nicas.

Nmeros minerales del reloj: enterrarlos.
Imágenes de sueños: aquí hundirlas, o nunca.

Silabas del arroyo, continuidad del agua,
detener el proceso intil de la bsqueda.

Escuchar esa msica del remolino de agua
girando como oídos del cielo en esa msica.

Hasta ser uno mismo con la siesta flotante.
Coincidir con el centro de la sombra en las grutas.

Y fundando en las rocas el templo del silencio,
sentir la bendición del aire en nuestra nuca.

Es posible que un día,
al bajar por un valle,
el pastizal nos ate con sus nudos de seda.

Relampagueando verde
nos sumirá en el éxtasis
y entonara sus himnos de paz en nuestras venas.

No seremos rehenes del suelo esclavizado
por siglos de violencias
y ambiciones mezquinas.

Y un cráneo,
nuestro cráneo (copa y sed del verano)
comprobara el sabor terrestre de la viña.

Es posible que entonces iniciemos el dialogo
con el habla inmortal
de la quieta simiente.

Y decidamos ver
el reino de una papa,
la fragancia del toro
como un ángel silvestre.

-Río de ondas serranas con pepitas de sol:
¿por que es el hombre fábula de un largo sueno y mito?
- Cuando el temor no existe, la mente va adelante
de toda acción, y el tiempo deja de ser conflicto.

-Roca de honda calvicie condenada a lo estático:
¿nunca descubriremos que es lo desconocido?
- Si atentamente observas sin ideas ni juicios,
comprenderás los hechos en su momento mismo.

- Pájaro en vuelo lento, sin apego a tu sombra:
¿por que las sociedades no quieren individuos?
- Para librarte de ellas explora tus reacciones,
sacude las codicias, no te quedes dormido.

-Árbol de ancha madera, luchador de los vientos:
¿no es absurdo habitar un mundo sin sentido?
- Cuando sientas tu yo como una imperfección
sabrás lo que es el soplo del amor y su ritmo.

Es posible que un día,
al andar por la tierra,
nosotros -herederos de toda angustia, solos-
nos salvemos,
de pronto,
plantando sin historia,
cosechando los dones intactos del asombro...


Autor Julio Requena
Editorial SERENDIPIDAD
Edición 2004 - 72 páginas - Idioma Español
ISBN 9879332288

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